Intervención de Mons. Dominic Ryōji Miyahara, Obispo de Fukuoka

S. E. R. Mons. Dominic Ryōji MIYAHARA
Obispo de Fukuoka
(Japón)

Lunes, 15 de octubre de 2012

El año pasado, Japón fue afectado por el terrible terremoto y el tsunami, a los que siguió el accidente nuclear; por este motivo, Su Santidad Benedicto XVI, Cáritas internacional, numerosas Conferencias episcopales y personas de buena voluntad enviaron al pueblo japonés múltiples ayudas, oraciones y manifestaciones de una cordial y sentida solidaridad.

Teniendo en cuenta esta situación social, que debe recuperarse de una calamidad sin precedentes, sería mejor leer los documentos del Concilio Vaticano II, especialmente Gaudium et Spes. Esta constitución, al indicar claramente la posición y el papel de la Iglesia en la sociedad, dice: “Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón.” (GS 1).

La Iglesia en Japón es consciente del papel y la misión original de la Iglesia en la sociedad. En efecto, quienes van a los lugares afectados por la calamidad para ayudar a los que sufren, a su vez reciben mucho de ellos, por ejemplo, esperanza, ánimo, consuelo, etc. Tal vez Jesús está escondido en la ciudad. Debemos buscar a Jesús en la sociedad para encontrar a Jesús entre la gente, escuchando la voz de los pueblos y también preguntando por sus necesidades. La Iglesia desea ser como una arteria de la sociedad, para transportar esperanza, ánimo, consuelo e infundir una nueva energía a toda la sociedad, así como el cuerpo humano está vitalizado por la acción de las arterias que transportan oxígeno y alimento y eliminan las escorias. Si la Iglesia se aleja de la sociedad, la evangelización no producirá frutos. Es indispensable que, mediante la evangelización, la Iglesia infunda abundantemente una nueva linfa en la vida social y familiar. Para hacerlo tiene, ante todo, que mirarle a la cara a la realidad de la sociedad, discernir en la actual situación los claros “signos de los tiempos” para difundir la luz del Evangelio, y renovar desde dentro a toda la sociedad.

Por último, espero que este Sínodo sea la ocasión para dar valor y confianza a quienes viven sinceramente su fe y quieren mantenerla firme, incluso en situaciones difíciles. En las tierras de misión, sobre todo, no es raro ver que en las familias sólo haya un creyente. Es más, estos casos son bastante numerosos. Estoy seguro de que, si a través de este Sínodo infundimos valor, esperanza y apoyo a estos sinceros creyentes, el Sínodo mismo producirá numerosos y admirables frutos.

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