Intervención del Card. George Alencherry, Arzobispo Mayor de Ernakulam-Angamaly de los Siro-Malabareses

S. B. Em. Card. George ALENCHERRY
Arzobispo Mayor de Ernakulam-Angamaly de los Siro-Malabareses
Jefe del Sínodo de la Iglesia Siro-Malabar
(India)

Sábado, 13 de octubre de 2012

La nueva evangelización exige que la Iglesia haga examen de conciencia. Es un hecho que en la Iglesia hay numerosos fieles que no saben quién es Cristo ni el precio que hay que pagar para ser sus discípulos. La Iglesia debe convertirse cada vez más en una comunión de personas que han encontrado a Cristo y, por eso, con la fuerza de la gracia de Dios, se ofrecen para pagar el precio de ser sus discípulos.

La llamada universal a la santidad debe convertirse en una conciencia fundamental para todos los fieles cristianos. El carácter único de la fe cristiana y la promesa de Cristo, que se renueva siempre en la Iglesia, deben ser la fuerza motora para la vida de todo cristiano. Jesucristo, único Salvador, es quien obra tanto en el evangelizador como en los evangelizados. Dijo de sí mismo: “Yo soy la verdad, yo soy la luz, yo soy el camino, yo soy la puerta, yo soy el alimento, yo soy la vida”.

Durante los 50 años sucesivos al Concilio Vaticano II, la renovación de la Iglesia ha sido polifacética y enormemente productiva. Al mismo tiempo, la vida y el ministerio de los sacerdotes y de los consagrados y consagradas se ha convertido en algo funcional, más que espiritual y eclesial. Parece que hoy en día la formación de los sacerdotes y de los religiosos tiende a hacer de ellos unos funcionarios, con diferentes ministerios en la Iglesia, más que unos misioneros inflamados por el amor de Cristo. Incluso en lugares de misiones ad gentes de la Iglesia, el funcionamiento a través de las instituciones ha hecho que sacerdotes y religiosos perdiesen el vigor y la fuerza del Evangelio al que se han comprometido con su vocación. El laicismo ha tenido un impacto en sus vidas como cristianos y también como comunidades eclesiales. La nueva evangelización requiere una profunda renovación de sus vidas como fieles cristianos y una revaluación de las estructuras de la Iglesia, para reforzarlas con el dinamismo de los valores del Evangelio: la verdad, la justicia, el amor, la paz y la armonía.

La fe siempre se transmite mediante las tradiciones de las Iglesias particulares y de las Iglesias sui iuris. Estas tradiciones incluyen la celebración de los sacramentos, especialmente la Santa Eucaristía; la catequesis; la costumbre de la oración cotidiana en familia; las pequeñas comunidades cristianas; la observancia de la abstinencia y la penitencia en Cuaresma y en otros períodos de ayuno; la santificación de las fiestas; las peregrinaciones; practicar la caridad a todos los niveles; una solicitud pastoral que acoja a las personas y esté orientada a la familia; y la participación de los fieles laicos en la administración de la iglesia. Todas las tradiciones que han demostrado tener éxito a la hora de transmitir la fe en las Iglesias particulares y sui iuris necesitan que se las aliente y sostenga cada vez más desde todos los rincones de la Iglesia universal. La falta de una visión y comprensión claras de la eclesiología de la comunión, que puso de relieve el Concilio Vaticano II, está haciendo menos creativas las potencialidades de la evangelización y la solicitud pastoral de algunas Iglesias particulares entre algunas comunidades de emigrantes, especialmente los de las Iglesias Orientales. En los últimos años se han dado signos de mejora en este ámbito. La eclesiología de la comunión, que ha subrayado mucho el Santo Padre Benedicto XVI, debe convertirse en nuestra visión eclesiológica como Obispos de la Iglesia Católica. La nueva evangelización para la transmisión de la fe cristiana debe poner en marcha unas nuevas medidas de libertad en la solicitud pastoral y la evangelización para todas las Iglesias sui iuris, bajo la guía de la Sede Apostólica.

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