Intervención de Mons. Leo Laba Ladjar, Obispo de Jayapura

S. E. R. Mons. Leo Laba LADJAR, O.F.M.
Obispo de Jayapura
(Indonesia)

Sábado, 13 de octubre de 2012

El Instrumentum Laboris comienza hablando de la característica propia del Cristianismo, que es el encuentro con Jesucristo y la relación personal con Él. Esta es la esencia de nuestras fe, que debe iluminar nuestra percepción de la evangelización, teniendo en cuenta que:

1) la evangelización no es solamente una reacción a la realidad social y su cultura laicista, sino que es la auténtica esencia de la Iglesia;

2) Jesucristo es el centro del Cristianismo y no se le puede considerar a la par de los demás fundadores de religiones;

3) el Cristianismo no es un libro religioso, y la salvación no es algo que se logre practicando las doctrinas que encontramos escritas en ese libro, sino que es la obra del amor de Dios. Sólo en un encuentro con el Señor lo que leemos en las Escrituras se convierte en Su “palabra”, en Su “voz”.

En Jesucristo Dios se revela a sí mismo como amor. Se entrega a sí mismo a la humanidad sin forzarnos a que lo aceptemos, sino corriendo el riesgo de que lo rechacemos. El maravilloso misterio del amor divino consiste en que Él no se impone a la humanidad. El amor de Dios, tal como se ha manifestado en Jesucristo, es una llamada a la libertad del hombre, que es libre de aceptarlo o de rechazarlo. Este inmenso y maravilloso amor de Dios debe presentarse en la evangelización afrontando el “clima cultural” (IL 48-49) de la sociedad laicista, que tiende a idolatrar la libertad y la autonomía del hombre y a rechazar cualquier elemento trascendente de la religión, considerándolo una violación de la libertad humana.

Esta imagen de Dios como llamada de amor a la humanidad puede conmover a la mentalidad laica más que la imagen de Dios como Rey todopoderoso. Por tanto, sugiero que en algunos textos, como el del IL nº 24, cuando se habla de “experiencia de conversión”, en lugar del término “reino de Dios”, que tiene una connotación feudal, se use “el poder del amor de Dios”. De hecho, más que el poder de un Rey, el amor divino es “mejor que el vino” y “fuerte como la muerte” (Cantar de los Cantares 1, 2; 8, 6). El amor divino llama al hombre y espera su respuesta. El amor quiere ser amado. La conversión es la respuesta de amor del hombre a la llamada de amor del Señor.

La Iglesia es el “locus” del encuentro con Jesucristo. Por tanto, la “communio”, que es el espíritu fundamental del Concilio Vaticano II, debe hacerse evidente en las comunidades eclesiales. La “communio” de amor, servicio y sacrificio por los demás es un testimonio convincente de evangelización. El amor de Dios se manifestó en Jesucristo como un sacrificio; por tanto, un testimonio genuino de este amor divino debe ser también un amor sacrificial.

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