Intervención del Card. Card. Fernando Filoni, Prefecto de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos

 

S. Em. R. Card. Fernando FILONI
Prefecto de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos
(Ciudad del Vaticano)

Viernes, 12 de octubre de 2012

El Instrumentum laboris en los números 76-79 habla de la Missio ad Gentes, atención pastoral y nueva evangelización. Son aspectos a los que habría que dar un formulación más adecuada. La correlación entre ellos fue mencionada por el Santo Padre en la Homilía en la apertura del Sínodo, el domingo 7 de octubre pasado.

De hecho, la Iglesia, como Cuerpo de Cristo, camina en la historia y entre los pueblos por el mandato de su Señor: id, bautizad, llevad la salvación. Se trata de un cuerpo vital que, para atravesar lugares y tiempos, necesita, para decirlo de algún modo, dos fuertes miembros que le permitan rápidamente avanzar, es decir: la primera, ad gentes y la nueva evangelización.

El Sínodo que estamos celebrando constituye, por tanto, un momento excelente que nos permite reflexionar sobre la correlación y el valor del compromiso misionero y, al mismo tiempo, pensar de nuevo cuáles son los caminos más significativos para volver a proponer valerosamente el Evangelio.Sabemos bien que el Concilio Vaticano II fue determinante para el desarrollo de las llamadas Iglesias autóctonas, indicadas no solamente como “lugares” en los cuales ejercer el servicio misionero sino, sobre todo, como verdaderas protagonistas de la misión (Mensaje del Santo Padre Benedicto XVI para la Jornada misionera mundial 2012).

A 50 años del Concilio podemos también ver, por ejemplo, cómo las Iglesias autóctonas, con el clero, los religiosos y las religiosas se insertaron en la vida de las antiguas cristiandades, no obstante la primera evangelización ad Gentes esté aún muy por desarrollar.
El Sínodo debe por tanto hacer que percibamos la necesidad de una coordinación de la obra de evangelización, entendida como primer y nuevo anuncio, porque se trata ya de una missio global completa, considerando también el fenómeno migratorio de los pueblos que hace que los sujetos tradicionales de la missio ad Gentes se encuentren ya en todas partes, creando dondequiera sociedades cada vez más pluralizadas. No pocos fieles, además, que provienen de los que llamamos territorios de misión, que viven en las sociedades occidentales, aportan a nuestras parroquias y comunidades la vivacidad y las riquezas espirituales de las que son poseedores. En ellos se percibe la frescura de su fe, tan diversa de las formas de “cansancio … o de tedio de ser cristianos” (Benedicto XVI, Discurso a la Curia Romana y a la Familia Pontificia, para la presentación de los saludos natalicios, 22 de diciembre de 2011) y tan evidentes entre las antiguas cristiandades secularizadas.

Tampoco se debe olvidar que estas Iglesias jóvenes dan testimonio verdadero del Evangelio, entendido como Palabra que sostiene en todas las circunstancias, aún en situaciones dramáticas graves, de discriminación y de persecución (pienso en numerosas situaciones en Asia, África y América). La Agencia misionera Fides publicó que en el año 2011, 18 sacerdotes y 4 religiosas fueron muertos pero ¿quién puede decir cuál fue el número de fieles que sufrieron la misma suerte? La misión evangelizadora de estas Iglesias autóctonas resulta ser, de este modo, una exigencia interior del don recibido desde lo alto.

El mandato de Cristo redentor, confiado a la Iglesia, dijo el Beato Juan Pablo II, se halla todavía en los comienzos y debemos comprometernos con todas nuestras energías en su servicio (Juan Pablo II, Carta encíclica Redemptoris missio acerca de la permanente validez del mandato misionero, 7 de diciembre de 1990, 1), no sólo por el porcentaje de los que no conocen a Cristo, y que está proporcionalmente en constante aumento, sino también por el porcentaje de los bautizados en los que el abandono de la fe constituye un factor relevante. De esto se debe hacer un kairos, un momento fuerte de gracia, en cuanto mueve a la Iglesia a reforzar la propia identidad de comunidad querida por Cristo, para ser signo e instrumento de salvación para todos los pueblos de la tierra (Lumen Gentium).

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