Intervención del Card. Stanisław Ryłko

Card. Stanisław RYŁKO
Presidente del Pontificio Consejo para los Laicos (Ciudad del Vaticano)

Lunes, 8 de octubre de 2012

En el n. 115 del Instrumento laboris leemos: “El florecimiento en estas décadas, en modo frecuentemente gratuito y carismático, de grupos y movimientos dedicados prioritariamente al anuncio del Evangelio es otro don de la Providencia en la Iglesia.”

El Magisterio de los últimos Pontífices ha confirmado en muchas circunstancias esta naturaleza providencial de la “nueva estación agregativa de los fieles laicos”, evidenciando la estrecha relación con el “renovado Pentecostés” del Concilio Vaticano II. En concreto, el Beato Juan Pablo II no ha dejado de subrayar el dinamismo misionero de los movimientos y las nuevas comunidades que “representan un verdadero don de Dios para la nueva evangelización y para la actividad misionera propiamente dicha. Recomiendo, por lo tanto, difundirlos y usarlos para volver a dar vigor, sobre todo entre los jóvenes, a la vida cristiana, a la evangelización, en un visión pluralista de los modos de asociación y expresión”. El Papa Benedicto XVI, a su vez, ha confirmado que un “instrumento providencial para un renovado impulso misionero son los movimientos eclesiales y las nuevas comunidades; acogedlos y promovedlos en vuestras diócesis”. Y en otra ocasión ha animado a los obispos a acogerlos “con mucho amor”.

Sin embargo, los movimientos y nuevas comunidades siguen siendo aún un recurso no plenamente valorizado en la Iglesia, un don del Espíritu y un tesoro de gracias aún escondidos a los ojos de muchos Pastores, quizás atemorizados por la novedad que aportan a la vida de las diócesis y de las parroquias. El Santo Padre es muy consciente de esta dificultad, por lo que exhorta a los Pastores a “no apagar los carismas, a estarles agradecidos aunque sean incómodos”. Se exige, por lo tanto, una verdadera “conversión pastoral” de los obispos y de los sacerdotes, llamados a reconocer que los movimientos son, sobre todo, un don valioso más que un problema.

El empuje misionero de las nuevas realidades, de hecho, no deriva de un entusiasmo emotivo y superficial, sino que surge de experiencias muy serias y exigentes de formación de los fieles laicos a una fe adulta, capaz de responder adecuadamente a los desafíos de la secularización. La novedad de sus acciones, por lo tanto, no hay que buscarla en sus métodos, sino en la capacidad de reafirmar la centralidad de Dios en la vida de los cristianos, una cuestión fundamental en las enseñanzas del Santo Padre Benedicto XVI.

También para la tarea de la nueva evangelización es válido el antiguo adagio escolástico: operari sequitur esse, porque nuestra acción expresa siempre lo que somos. La evangelización no es sólo, y no es tanto, una cuestión de “saber hacer”, sino que es sobre todo una cuestión de “ser”, es decir, de ser cristianos verdaderos y auténticos.

Por otra parte, los métodos de evangelización que los movimientos y las nuevas comunidades adoptan son en apariencia muy distintos, verdaderamente multiformes, pero todos reconducibles a las “tres leyes de la nueva evangelización” que el entonces Cardenal Ratzinger formuló para catequistas y profesores de religión con ocasión del Jubileo del año 2000: antes que nada, la “ley de la expropiación”, es decir, no hablar en nombre propio sino en nombre de la Iglesia, manteniéndose firme en el hecho de que “evangelizar no es simplemente una forma de hablar, sino una forma de vivir”: a saber, la clara consciencia de pertenecer a Cristo y a Su Cuerpo (¡Iglesia!) que transciende el propio yo. La segunda es la “ley de la semilla de mostaza”, es decir, la valentía de evangelizar con paciencia y perseverancia, sin pretender obtener resultados inmediatos, y recordando siempre que la ley de los grandes números no es la ley del Evangelio. Es una actitud que podemos reconocer, por ejemplo, en la obra de evangelización emprendida por los movimientos y nuevas comunidades en las zonas más secularizadas de la tierra. La tercera “ley” es la del germen de trigo, que para dar la vida debe morir, debe aceptar la lógica de la cruz. En estas leyes se encierra el secreto más profundo de la eficacia del compromiso evangelizador de la Iglesia en todos los tiempos.

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