Intervención del Card. Angelo Sodano, Decano del Colegio Cardenalicio

Card. Angelo SODANO
Decano del Colegio Cardenalicio (Ciudad del Vaticano)

Lunes, 8 de octubre de 2012

El Papa invita a esta Asamblea a profundizar un tema que afecta al corazón de nuestra misión pastoral al inicio de este Tercer Milenio cristiano. Por su parte, el Sucesor de Pedro ya ha comenzado un estudio en profundidad al respecto, como resulta evidente en numerosas intervenciones suyas. Una síntesis de estas intervenciones ya se ha publicado en la última parte del reciente volumen del Consejo Ponticio para la Promoción de la Nueva Evangelización, con el título: “Enchiridion de la nueva evangelización (Librería Editora Vaticana, 2012).

En un reciente discurso a un grupo de Obispos franceses que vinieron a Roma en visita ad limina el Papa dijo explícitamente: “Los desafíos de una sociedad ampliamente secularizada invitan ahora a buscar una respuesta con valentía y optimismo, proponiendo con audacia e inventiva la novedad permanente del Evangelio” (L’Osservatore Romano, edición en lengua española, 30 de septiembre de 2012).

“Con valentía y optimismo”: este es el deseo que expreso también de mi parte a todos los presentes , pese a reconocer las grandes dificultades que existen en la situación actual. A veces también a nosotros nos viene la tentación que tuvieron los Apóstoles, que en el lago de Galilea le decían a Jesús por boca de Simeón: “Maestro, hemos estado bregando toda la noche y no hemos pescado nada; pero, por tu palabra, echaré las redes” (Lc 5, 5). Y vino la pesca milagrosa.

Ciertamente, la nueva evangelización a la que ahora estamos llamados no quiere ser sólo un eslogan o una técnica nueva, como sucede hoy con la llamada nueva alfabetización, cuyo objetivo es enseñar a usar los métodos de comunicación on line. Se trata, en cambio, de una evangelización nueva en el sentido que nos han indicado los últimos Romanos Pontífices, para afrontar los desafíos que la Iglesia encuentra hoy, venciendo toda forma de escepticismo y confiando en la ayuda del Señor. Por lo demás, este es un tema recurrente en la historia de la Iglesia, llamada a sacar de su arca “nova et vetera” (Mt 13, 52), cosas nueva y cosas viejas.

Es evidente que estamos frente a una empresa grandiosa, en la que participan el cielo y la tierra, una obra misteriosa por la intervención anticipada y concomitante de la gracia de Dios. La misma formulación de la segunda parte del tema de este Sínodo, es decir, la frase “para la transmisión de la fe” no parece que sea del todo adecuada, porque como sabemos muy bien, la fe no la transmitimos nosotros, al provenir de la gracia de Dios, sino que el hombre decide acoger ese don. Y precisamente para invocar dicha gracia la Iglesia siempre nos propone el apostolado de la oración acompañado del apostolado de la acción.

Por mi parte, he tratado de prepararme a esta Asamblea releyendo atentamente durante los últimos meses los Hechos de los Apóstoles. Allí ya se ve claramente que la obra evangelizadora de la Iglesia era fruto de varios factores, tanto de las palabras y las iniciativas prácticas de los Apóstoles, como de la intervención continua de la gracia de Dios, que abría los corazones a la aceptación de la Buena Nueva. Allí vemos que Pedro, después de Pentecostés, toma la iniciativa y presenta con santo ardor a Jesús de Nazaret como único Salvador (Hch 2, 14ss).

Debo confesar, sin embargo, que tras la lectura consoladora de los Hechos de los Apóstoles, me he detenido en el libro del Apocalipsis y he reflexionado de este modo sobre la realidad del mal en el mundo, al igual que sobre el misterio de la libertad del hombre, que aunque vea la luz a veces prefiere permanecer en tinieblas. Asimismo, he querido meditar sobre las páginas del Apocalipsis que nos describen la presencia devastadora del Maligno en la historia humana. Pero siempre es consolador leer en el mismo Apocalipsis como al final el poder victorioso de Cristo resplandece sobre todas las miserias humanas.

Ahora querría concluir con una llamada que siento que debo hacer, no tanto como Decano del Colegio cardenalicio, sino como Decano por ancianidad de los Obispos aquí presentes. Es una llamada a fin de que todos llevemos adelante nuestro trabajo de evangelización con gran humildad, sabiendo que no somos los primeros que trabajamos en la viña del Señor ni seremos los últimos. No somos los primeros porque otros, durante dos mil años, nos han precedido en esta labor pastoral. Tampoco somos los últimos porque vendrán otros después de nosotros que llevarán adelante esta obra, hasta el fin de la historia humana, cuando tengamos un cielo nuevo y una tierra nueva (Ap 21, 1).

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